El cine en la escuela

 

 

Aunque siempre me gustó, lo miré a los ojos recién de grande. Como tantas cosas en mi vida. Por eso… siempre digo que después de los 30 la cosa se pone linda 😉

Ahora estreno los 40 y desde que los tengo no me he conectado realmente con el cine. Llevamos una época de malas en nuestra relación. ¿De malas? Que no.

Que siempre ha sido así.

El cine y yo, tenemos nuestros días. Los dramáticos, los cómicos, los que sirven de documento, Los simples, los complejos, los obsesivos, los cariñosos, los que te dejan un nudo en la garganta, aquellos días que te hacen llorar, y aquellos, que te enamoran.

El cine y yo, somos buenos amigos, de esos que están siempre, y cuando vos no estas, te miran de reojo esperando que vuelvas, con miles de propuestas.

El cine y yo, tuvimos varias etapas, y las seguiremos teniendo. Porque es una comunicación que no se corta, aunque a veces, los mensajes tarden en ir y venir. En buscar y encontrar, en mirar y ver, en deleitar y emocionar.

El cine y yo, a veces, nos hartamos, del cine y de mi, y por un rato andamos enojados con nosotros mismos, pensando que nada hay dentro nuestro para transmitir.

El cine y yo a veces nos reencontramos, como viejos amantes, y nos sabemos los olores, los sabores, y sin embargo nos conocemos de nuevo.

El cine y yo, formamos una pareja. Como tantas otras parejas que él formará con ustedes. Todas distintas. Todas cómplices. Cuando tu relación se parece a la mía, zas! es porque justo esa cita, esa película, nos llegó de manera similar. Cuando no, asumimos que tenemos distintas formas de ver, ser, sentir, relacionarnos, y pensar.

Pero nunca es siempre distinto, o siempre parecido; nuestras relaciones con el cine, son tantas y tan variadas, y tan parecidas y tan distintas a las de tantos otros que la ecuación se hace interminable.

Interminable es el cine.

Interminable es relacionarse con él.

Por eso juego con que es mi marido y mi amante. El que esta ahí, cuando estoy en silencio, y soy Gaby buscando respuestas, y cómplice mi mira y me dice, me habla con imágenes.

Y otras es ese amante, que me arranca del día a día, me lleva a otros planetas, o me hace arder mi costado contestatario y adolescente (se podrá ser lo uno sin ser lo otro?), para decirme que la vida no es toda rosa, pero Catwoman se ve buenísima de negro. Que tengo garras, y soy mimosa. Que soy amante, y lo que es mejor, la amante de mi marido.

El cine y yo, hacemos buena dupla. Me escucha llorar, y reír, y me da llantos y alegrías. Me hace pensar, sentir, y me deja pensando y sintiendo. No es que viva la vida de la pantalla. Es que la pantalla, cuando más habla, habla de la vida.

El cine y yo, ahora estamos por reencontrarnos. Habrá por aquí quizá una nueva película para dialogar entre cinéfilos. Quizá no haya ninguna. Quizás mis reseñas se transformen, o no sean todos los días del mismo estilo.

Es que el cine y yo, tenemos estilos cambiantes, como días cambiantes, como géneros de películas.

El cine y yo, hacemos el amor, y a veces, miramos para lados opuestos, y tenemos nuestras aventuras, él vaya a saber con qué placeres y pinturas y géneros que no miro, yo con pinturas y fotos, y placeres que el no me muestra. A veces, después, veo que me los mostraba. O eso intentaba y yo no veía.

 

El cine y yo, somos antes que nada amigos. Nos toleramos, con pros y contras, nos queremos un poquito, por que él sabe que yo vivo haciéndole mimos. Y él acepta cuando un dvd queda en el olvido, y otro se gasta de tanto repetirlo, él acepta que lo quiero pero no lo vanaglorio, y que sin embargo, me ha sacado muchas veces las papas del fuego, y el dolor del pecho.

 

El cine y yo, somos, antes que nada, como he dicho, buenos amigos. Pero somos, cine y yo. No somos uno. Por eso a veces, el blog no tiene entradas. Por eso a veces, miro y no reseño, o no miro.

Siempre, siempre, hay reencuentro. Porque sé que él tiene cosas para darme. Y yo, las acepto. No todas, las que me vienen en gana, cuando me viene en gana. Que si no, más que amistad, es otro cuento.

Pero me vienen ganas seguido, me gusta estar ahí, para verlo. Porque sino de amistad no tendría nada.

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